¿Sabes qué ocurre en el preciso instante en que alguien cierra los ojos para siempre en Euskadi?
Que los políticos extienden la mano.
No falla. Es un reflejo automático.
Da igual cuántos años hayas cotizado o cuántas veces hayas pagado ya impuestos por esa casa.
Ellos quieren su parte.
Por suerte, según en qué territorio histórico te haya tocado vivir, el sablazo es un poco más suave.
En Gipuzkoa, Bizkaia y Álava, las herencias de padres a hijos (grupo I y II) tienen una exención del 95% en el Impuesto de Sucesiones.
Un respiro, sí.
Pero el diablo está en los detalles y en la letra pequeña del coeficiente multiplicador.
Por eso cada vez más gente despierta y se hace la pregunta inteligente: ¿por qué esperar a morirme para dejarle mis bienes a los míos?
Aquí es donde entran las donaciones en vida.
Donar en vida en los tres territorios forales tiene un atractivo enorme si se planifica bien.
Te permite transmitir bienes disfrutando de tipos reducidos en el Impuesto sobre Donaciones y evitar tensiones familiares futuras.
Pero hay un truco maestro que la gente suele pasar por alto para no quedarse desprotegida: el usufructo vitalicio.
¿Qué demonios es un usufructo vitalicio?
Es tan simple como esto: tú le das la propiedad de la vivienda a tu hijo (la nuda propiedad), pero tú te quedas con el derecho a usarla y disfrutarla hasta el último día de tu vida.
Nadie te puede echar. Nadie te puede mover de ahí.
¿Las ventajas?
Tú mantienes la tranquilidad absoluta de tener un techo garantizado a tu nombre.
Tus hijos reciben la propiedad pagando una carga fiscal mucho menor hoy.
Y de paso, le quitas un buen pedazo del pastel a las arcas públicas antes de que decidan cambiar la ley fiscal otra vez.
Porque si algo nos ha enseñado la gestión política actual, es que lo que hoy es un beneficio fiscal, mañana se convierte en un nuevo agujero en tu bolsillo.
Protege lo tuyo antes de que otros decidan qué hacer con ello.
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