¿Te has fijado que en este bendito rincón del mapa parece que tener una familia que se apoya es un delito castigado por Hacienda?
Es el mundo al revés.
Tus padres se parten el lomo cuarenta años para pagarse una casa y ahorrar cuatro duros.
Llegas tú, que no puedes ni oler una hipoteca gracias a la gestión de quienes prometieron el paraíso, y ellos deciden ayudarte.
«Toma, hijo, para la entrada de tu piso».
Y ahí aparece el político de turno con la mano abierta.
En Euskadi, las donaciones de padres a hijos tributan. Porque sí. Porque ellos lo valen.
Si tus viejos te dan su dinero (por el que ya pagaron impuestos al ganarlo), Hacienda quiere su parte del botín.
Depende de si estás en Bizkaia, Gipuzkoa o Álava, la broma te sale de una forma u otra, pero el mensaje es el mismo:
Si quieres ayudar a tu sangre, primero me pagas el peaje a mí.
Nos venden que somos la vanguardia de Europa mientras te obligan a pasar por caja por el simple hecho de que tu padre quiera que no vivas debajo de un puente.
Es una gestión que premia el gasto público desmesurado y castiga el ahorro familiar.
Dicen que protegen el bienestar, pero lo que protegen es su capacidad de meter la mano en tu bolsillo, incluso cuando el dinero viene de una herencia en vida.
Si te parece normal que el Estado sea el tercer invitado en la cena de Navidad para llevarse los restos, entonces no tenemos nada que hablar.
Pero si te hierve la sangre al ver cómo el esfuerzo de tus padres se diluye en burocracia, es que todavía te queda algo de sentido común.
Conclusión: En Euskadi, el amor de un padre es libre, pero que te lo demuestre con dinero le sale muy rentable al Gobierno.
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