¿Sabes qué día del mes empiezas a trabajar para ti y no para el banco o tu casero?
Te lo digo yo: hacia el día veinte. Con suerte.
Acaban de salir los datos de lo que nos dejamos los vascos en pagar la hipoteca o el alquiler.
Las cifras son para echarse a llorar o para salir a quemar contenedores de basura, según el humor con el que te levantes.
Destinamos casi la mitad de lo que ingresamos simplemente a tener un techo donde caernos muertos.
En Donostia, Bilbao o Gasteiz, vivir bajo techo ya no es un derecho.
Es un atraco a mano armada con membrete oficial.
Mientras tú haces malabares para pagar la cuota del mes, los señores de moqueta y coche oficial se felicitan en el Parlamento.
Te hablan de «zonas tensionadas», de comisiones de expertos y de planes estratégicos con nombres en euskera que suenan a modernidad pero huelen a fracaso rancio.
Puro teatro. Pura pose.
Cada euro que tú sudas y se te escapa en la letra del piso es un euro menos para llenar la nevera, ahorrar o mandarlos a paseo.
Te quieren ahogado.
Porque un ciudadano asfixiado por las deudas no piensa, no protesta y vota con miedo.
La gestión de la vivienda en Euskadi no es un error de cálculo ni mala suerte coyuntural.
Es un modelo diseñado para ordeñarte hasta la última gota mientras ellos justifican sus nóminas públicas diciéndote que «están en ello».
Conclusión: En Euskadi no compras una casa; financias la incompetencia de quienes deciden por ti mientras te vacían el bolsillo.
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