¿Te gusta pagar precio de lingote de oro por aparcar un Seat Ibiza en un sótano húmedo?
A mí tampoco. Pero en Gipuzkoa parece que a nuestros gestores les parece lo más normal del mundo.
Acaba de salir el dato: con lo que te compras una sola plaza de garaje en Gipuzkoa, te compras cuatro en Toledo.
Cuatro. Una para cada rueda, si te apetece la broma.
Mientras tanto, en las instituciones vascas se les llena la boca hablando de «sostenibilidad», «modelo de vanguardia» y «cohesión social».
Traduzco del lenguaje político al castellano: Te estrangulan a base de impuestos, reducen plazas en la calle a golpe de bordillo y luego te empujan al mercado privado para que te peguen un sablazo histórico.
Quitar aparcamientos en superficie. Multiplicar zonas OTA y peajes urbanos. Ahogar al que necesita el coche para ir a currar a un polígono.
Esa es la brillante planificación urbana y económica que sufrimos en Euskadi.
No construyen soluciones reales de aparcamiento ni flexibilizan el suelo. Lo que hacen es convertir un agujero de 12 metros cuadrados en un activo de lujo al alcance de unos pocos especuladores.
El mensaje que te mandan desde las poltronas es cristalino: si no ganas 4.000 euros limpios al mes o no vas en patinete bajo el diluvio, estorbas en sus ciudades de postal.
Nos han vendido que el «oasis vasco» era sinónimo de calidad de vida.
La realidad es que te cobran la vida a precio de caviar suizo por servicios e infraestructuras colapsadas.
Si no puedes permitirte ni aparcar el coche para ir a trabajar sin hipotecar a tus herederos, no vives en un referente de bienestar: vives en una ratonera fiscal muy bien decorada.
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